Los invisibles me acogieron. Fui uno de ellos. Era tal mi estado de deshidratación que perdí el sentido. Me desmayé en la calle. Suerte que en ese momento vestía como ellos. De inmediato me sacaron de allí y me llevaron a uno de los muchos canales de conducción de las aguas residuales. No volví a mi apartamento. Llevaba tanto sin recibir aviso que di por hecho que habían prescindido de mí. Todos los supuestos eran aciagos. Ese futuro de final de mi tiempo activo se había esfumado. Nada era previsible. Había pensado que sí. Esos días descubrí que allí era alguien. Quisieron saber de mí. Me cuidaron. Me alimentaron. Me acompañaron. Aún con desconfianza admití. Había niños, había ancianos, había personas distintas. Era otro mundo. Humano. Sí. Vieron mi libro entre mis cosas y me animaron a intercambiar. Gracias a ellos pude leer otros. Muchos más. Muchas veces me acerqué al círculo de los cuentos. Allí hablaban del mundo de antes. De la identidad. Se entendió el abandono que había s...