Todos estos días los dedico a indagar. Primero he podido pasar desapercibida por las calles próximas. Cuando salgo de mi trabajo voy a casa. Una vez estoy allí, como es de día no necesito encender ninguna luz. Salgo a pasear por las calles. Eso no sorprende. De día hay gente por todas partes. Voy observando a las personas invisibles. Quiero aprender de ellas. No molestan ni se interponen entre los transeúntes. Saben evitarlo. Ya empiezo a moverme así. Advierto que lo estoy consiguiendo.
Dentro del edificio también estoy avanzando. La habilidad de no ser advertida me sirve para acceder a espacios privativos de residentes. El otro día pude observar a M cuando cenaba antes de empezar su actividad. Ella no se dio cuenta. Ya me hubiera gustado poder contactar. Llegará ese día. Lo podremos disfrutar.
Los clientes me son indiferentes.
Desde la calle he podido ver que siempre a la misma hora, la de comer, M sale acompañada. Viste con elegancia y se oculta tras unas grandes gafas oscuras. Nunca va sola. Ya voy con el disfraz. Allí me hacen señales para que me aparte, pero ella no lo advierte. Está claro que las personas que van con ella son su escolta.
Aunque durante el día me muevo por las calles, con cuatro horas de sueño estoy perfecta para asumir mis obligaciones. Ser una mandada no requiere de mucho esfuerzo. Nuestro trabajo es más agitado en las entradas y salidas. Para entregar materiales y para recogerlos. Nunca hay testigos. Las habitaciones están desocupadas cuando tenemos que ir a por ellos. No hacemos labores de limpieza, por eso en esa parte del cometido vamos con una persona de limpieza. Ella nos va entregando lo que debemos recoger. Un asco. A veces con vómitos, sangre o excrementos. Llevo una máscara con oxígeno. Quien limpia no. Menudas tragaderas tienen.
Me pregunto dónde debe estar M cuando vamos a ponerle orden a su habitación. Igual hay un segundo espacio, el suyo privado. Supongo.
A pesar de la máscara percibo un olor nauseabundo.
Oí decir que esas habitaciones tenían un cuarto de tortura especial. Lugar al que nunca tengo acceso. Igual son suposiciones. Mucha leyenda sobre esto del masoquismo.
No puedo mirar con detenimiento desde la calle, pero intento hacerme idea de cual es el espacio ocupado por M. Hago esquemas mentales. No sería seguro dibujar. Desde la distancia, como es un edificio muy alto, conociendo los pasillos interiores, creo que me estoy aclarando. He localizado un punto próximo al río desde el que se ve la sexta planta. Es una zona por la que se pasea o hace picnic.
Allí suelo ir a comer cuando el mal tiempo no lo impide, aunque en un mismo día puede cambiar. Lo peor es el calor insufrible, pero también los días de niebla sucia. Esos son los peores. Se pega a la piel un salitre gris difícil de limpiar. Vivir en la costa es lo que tiene. La higiene no es gratis, aunque disponga de ella a diario en mi trabajo, pero no por ello puedo abusar. Sería un punto en mi contra llegar a mi trabajo con mugre. Tengo un historial impecable. Todo son estrellas. Nos evalúan a diario y dejan constancia en un panel. Soy un número de once dígitos. Sólo yo sé cuál es el mío. No sabemos cuál le corresponde a los demás. No hay incentivos. Sólo sanciones y no se dan segundas oportunidades.
Ahora me corresponde llevar un recipiente con comida, porque en mi turno de noche sólo ingerimos un líquido enriquecido con proteínas y agua. Es el que llevo cuando voy al merendero. Es sólido. Son unas barritas que mastico y acompaño con sorbos del agua que también me dan. Una carga que llena mi botella de infinitos usos. La misma que uso en mi turno. No la higienizo yo, me la recogen cuando llego y me la entregan de nuevo. Allí tienen un sistema especial que garantiza su salubridad.
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