Narrando de nuevo
Iris
Ella como otras vivió en un centro de acogida. En su caso, cuando salió con catorce años lucía un vientre prominente. El abuso continuado había seguido ese cauce.
No sufrió en sus valores porque carecía de referentes. Era hermosa. Su destino estaba fijado. El de ella y las otras.
Aquel centro funcionaba en el engranaje del sistema. Sin fisuras. Eran niñas destinadas a un futuro prefijado.
Cuando nació su hija, se la quitaron. Lo aceptó. No tenía otra alternativa. Pasaría a una formación específica. Le cambiaron el nombre. Se presentaría como Iris.
Aquel día, en la habitación 657 no supo a quien le daba la espalda. Aunque algo extraño sintió no supo darle interpretación.
Esa era su habitación. En ella recibía.
Alba la había visto. Ella no subía nunca a esa planta. Aquel día le cambiaron el turno. Le propusieron dejar el que hacía siempre. Tocaba mover las piezas. Había llegado a esa edad en que el cuerpo lo muestra. Debía seguir allí donde nadie la mirara. Su gesto nunca había sido amigable. Inexpresiva y fría parecía. Esa había sido la razón de su destino. No sabía de lo que se había librado. Su cuerpo no formaba parte de esa acomodación. No necesito aprender. No hizo falta decirle nada. Ella misma encajaba. Nadie se apercibía de su presencia. Era parte de ese decorado cuando vestía su cuerpo de un rol necesario. Le habían cambiado el turno. Cuando así fue se sintió trastocada. Lo sabía, pero posponía afrontarlo. En nada, pasaron días y meses. En su treinta y nueve cumpleaños le habían entregado la llave de la nueva planta. Alba siempre había estado en la más baja, la que no recibía luz natural, la menos dos. El segundo sótano. Allí se curtió. Ver oír y callar. La sangre se tenía que recoger y servir. Fantasías o realidad. No miraba de frente, esquiva servía pasando con una bandeja en la que cogían y dejaban como si de un cóctel se tratara. El maquillaje entonces era blanco y sus labios demacrados en negro. Sus ojos opacos no necesitaban arreglos.
Ahora cambiaba todo ese montaje. Iba por los pasillos de la sexta vestida de forma neutra. No se diferenciaban. Traje negro con camisa negra y corbata del mismo color. Pelucas iguales. Pelo engominado con la raya al mismo lado. Todos eran diestros. Si no lo eran debían parecerlo, porque los gestos debían ser los mismos en unos y otros. Igualmente pasaba por el momento de atrezo. Primero una ducha, maquillaje neutro y claro, afeitado de cabeza y cejas cuando se hacía necesario. La peluca aplastada y un mismo trazo dibujado en todas las caras. Sombras y perfiles similares siguiendo la estructura ósea que cada cual poseía.
La sexta era la zona oscura. De ella se hablaba con disimulo. Se decía que las residentes sólo salían puntualmente y acompañadas. Vigiladas.
A Alba le inquietó saber que su única amiga estaba atrapada.
Los clientes eran de casta.
Tenía que saber más. Nunca antes se preocupara. Hacía sus tareas mecánicamente y marchaba y volvía sin preocupaciones.
Ahora el rancho era distinto. Más frugal.
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