Tengo el día libre. Tanto si quiero como sino. Lo llevo mal porque no me pasan el sueldo hasta mañana. Yo cobro el veinte. Nos pagan en días distintos. Lo hacen para incentivar el consumo. Difícil. Toca andarse con cuidado, porque de un día para otro hay cosas que desaparecen de las estanterías, y cuando vuelven valen el doble. No sé cómo se lo hace la gente que tiene alguien a su cargo. Yo no tengo ascendencia ni descendencia. Me crié en un lugar al que no volvería nunca. Parece ser que me abandonaron y alguien oyó mi llanto. En realidad no lo sé. Son fabulaciones mías. Igual no. Puede ser que algún cuidador me lo dijera.
Cuando cumplí dieciséis me dieron un dinero y una bolsa de básicos. Ya tenía trabajo. Había empezado dos años antes. En el mismo de ahora. En ese tiempo estaba tutelada. Era un aprendizaje. Me gusta lo que hago. No me amargo. Siempre estoy sola. No tengo más comunicación que la estricta de saludar cuando entro y cuando salgo, dejando mi firma sobre una pantalla que lee mi mano.
Vivo en menos de veinte metros, con una única ventana que está a un metro de un muro tan alto que no alcanzo a ver un cielo estrellado.
No tengo miedo. Sería imposible que nadie trepara al onceavo piso de mi humilde morada. Mi espacio es como la celda del internado de acogida en el que estuve esos dos años.
Mi edifico es un enjambre. No nos reconoceríamos en la calle. Subo por un montacargas que cuando vuelvo no está al servicio de su función. Es tétrico. Oscuro y sin espejo, pero la ventaja es que no está solicitado a esas horas. Momento en que las familias se encuentran. No me gusta coincidir con nadie. Es desagradable compartir un exiguo espacio. Tampoco sabría qué decir. No tengo habilidades sociales. Nadie me trató en proximidad. Sólo aquel que me quiso forzar y me dejó porque no actué ni reaccioné. Dijo que le había desmotivado. Supongo que corrió la voz y nadie más lo intentó. Yo tenía diez años. Lo miré con los ojos abiertos e inexpresivos. Me dio un puñetazo y me dejó el ojo derecho morado. Hinchado al principio fue cambiando. Nadie preguntó qué me había pasado. Lo hubiera callado. Nada cambiaría señalarlo. Sabíamos que debíamos ser discretos, que los otros no eran nosotros. Tengo que ser sincera, sí que hubo alguien. M era otra de los míos. Ella y yo nos abrazábamos y llorábamos juntas. Nunca hablamos. Sólo nos buscábamos con la mirada, evitando ser espiadas. Ella marchó antes que yo. Era muy guapa. A veces sueño su cuerpo. Cuando marchó estaba preñada. No dijo de quien. Hubiera sido indiferente. No fue la primera ni la última. Éramos carne. Yo me libré porque mi cuerpo no tenía sus formas. Soy poca cosa. Entonces todas llevábamos el pelo muy corto. Decían que por los piojos. También los teníamos. Era una plaga y un martirio. A mí me raparon muchas veces, con saña. Molestaba. No soportaban que no me quejara. ¿Para qué? Pronto aprendí a ser invisible y silenciosa. Esa gente se las gastaba muy mal. Te golpeaban o encerraban sin saber porqué. Como para provocar.
Me acostumbré a sopas de agua y pan. Ahora es un lujo el rancho que me dan.
No saldré a pasear. El sol puede quemar. Tal como estaba el asfalto ayer cuando regresé no espero mejor tiempo para hoy. Eso que aún no estamos en verano. Tampoco me puedo permitir filtros solares. Aguantaré tumbada hasta que oscurezca. Entonces iré a buscar algo para subsistir hasta mañana. La nevera está vacía. Sólo tengo unas botellas de las reutilizables llenas de agua. Las guardo allí. Parece que con el frío ese sabor intragable pierde fuerza. Le añado vinagre cuando la quiero beber sola. Unas gotas. El limón no está a mi alcance. Como estoy sola y nadie me ve, puedo estar desnuda sobre la sábana. En verano me tumbaré en el suelo. Es duro, pero no se calienta como el colchón. Colchón que ya estaba aquí cuando llegué. Con manchas y tejido desgastado y con un muelle que si me descuido se me clava. Ya aprendí a esquivarlo, pero a veces si me muevo da conmigo. Cuando hace calor es difícil no ir cambiando de posición.
No hay ducha. Me lavo por partes, mojando una toalla vieja. El agua escasea. Si me descuidara y usara de más me la podrían cortar. En los años que llevo no me la han quitado nunca, pero por si acaso. Cada año me cobran más. Priorizo tener este lugar. Comer y vestir lo puedo solucionar. Con poco me valgo. No tengo vida social. Lo que menos me dura es el zapato, porque ando para ir y volver del trabajo. Allí, el uniforme lo cubre todo, pero cuando me lo renuevan no me puedo quedar con nada. Si lo hiciera me denunciarían. Lo mismo ocurre con lo que comemos a lo largo del día. A veces me guardaría una parte, pero no puede ser. Los huéspedes dejan pan y otras cosas que podría aprovechar, pero la orden es tirar. Un despilfarro en medio de la necesidad. El otro día cachearon a R. Llevaba unas galletas dentro del bolsillo. Él tiene a sus padres ancianos y un hijo. Le expulsaron. Ahora no sé cómo le puede ir, pero creo que mal.
Hay muchos suicidios. Gente que perdió su trabajo y se quedó sin un techo en el que recogerse. Espero que pasado el plazo de castigo le hayan dado otra oportunidad.
No sé qué le pasó por la cabeza, si estamos vigilados. Hay cámaras por todas partes. No puede ocurrir nada que pueda pasar inadvertido. Dentro y fuera todo se ve.
Dudo que dentro de mí cubículo no me vean también. Por eso, cuando me desnudo no lo hago al completo.
Sigo rapándome el pelo. Uso una peluca de media melena en el trabajo. Cuando salgo se queda allí. Es parte de la imagen que quieren de mi. Las manos con guantes y mi cara con un ligero maquillaje que me hacen cuando me colocan el pelo negro.
Yo ya tengo canas. Veo los blancos en mi calva. Por la calle voy con visera o boina. Parezco un chaval.
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