El paritorio estaba en un edificio anexo. Las niñas en sus juegos llegaron a él. Nadie lo advirtió. Alba y Miriam se habían alejado cogidas de la mano, ocultándose de las miradas detrás de unos setos que bordeaban el espacio ajardinado donde pasaban la tarde las pequeñas.
Cuando Miriam fue llevada a parir, recordó aquel día. Eso acompañó su tristeza. Cerró lo ojos, como había hecho tantas veces, para no ver y dejar de sentir. Su grito era inevitable. Escuchó el llanto del momento en que el bebé respiró. No lo vio. No supo nada. La sacaron de allí y llevaron a una habitación sin ventanas, con una luz tenue en el techo. Una celda de unas instalaciones carcelarias de años que no se nombraban. Estaba sedada. Observaron sus reacciones físicas y tuvieron cuidado en no informarle de nada, aunque ella misma no preguntaba. Se hacía la dormida cuando alguien entraba a dejarle la bandeja con comida. Sabía si desayunaba o cenaba. Cuando algún médico o asistente sanitario la atendía, respondía si le hacían alguna pregunta.
No esperaba nada. Ya se vería. Esperaba. No la iban a mantener encerrada. La ocultaban. Cuando se consideró que podía salir la trasladaron en coche. Nunca volvería.
Alba esos días sufrió la ausencia. Estar sin ella cerca, sin poder verla era insufrible. No dejó que nadie supiera. No era bueno presentarse frágil ante los demás. A ella le quedaban unos meses para salir. No sabía a dónde, ni si una vez estuviera fuera podría buscar a su amiga. Un pequeño atisbo de esperanza la mantenía. Habían aprendido a no oponer resistencia. Hacerlo tenía un precio muy alto. Si en algún momento alguna interna lo había hecho nunca volvieron a verla. Se temían lo peor. ¿Qué podía serlo? No querrían saberlo. La esperanza, aunque ínfima, era su resistencia. Cuando podían asimilar les decían, en privado, el tiempo que tardarían en ser trasladadas. A ella se lo habían comunicado poco después del primer sangrado. Como no establecía vínculos con las demás no pudo inferir si era por eso o era casual.
En la casa cuna, Alba había sido una niña difícil. Rechazaba el alimento, tanto de pecho como de biberón. Casi renunciaron. No lloraba y apenas dormía. Cuando los llantos se contagiaban ella cerraba los ojos y esperaba. Le molestaba. Consiguieron sacarla a delante. Las mujeres que alimentaban a los bebés lo consiguieron, pero se desarrolló más despacio y fue una niña de poco cuerpo. Era especial.
Aquel lugar estaba en medio de la nada. A ninguna de ellas les hubiera sido fácil escapar. Había distintos pabellones. Cuando Alba fue informada de lo que le esperaba fue trasladada. Se encontró con un dormitorio común, con literas alineadas. Tuvo suerte. A ella le ofrecieron una sin ocupar. Le asignaron un rincón oscuro al que apenas llegaba luz de día. Le gustó no estar expuesta. Los aseos eran comunes. Las duchas frías. Allí estaría unos meses. Cuando la volvieron a cambiar apenas había asimilado los movimientos necesarios para moverse en la noche sin chocar con nada. Su instinto la ayudaba. Era rara y temida. Nunca la molestaban. Se apartaban de ella como si su gélida mirada pudiera hacerles daño. Eso no le inquietaba. Preferiría ese aislamiento.
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