Tras la jornada
Ando cansada. No puedo pensar. Mis piernas me llevan. Las siento tensas. Todo el día de aquí para allá. Autómata. El día se fue. No lo vi. Entré al trabajo casi sin tantear el amanecer. No tengo ganas de nada. Me ducharé y encenderé la computadora. Buscaré en ella ese canal que vomita anuncios entre secuencias. Ni caminar me alivia. La gente inexpresiva vuelve o va. Los turnos de noche se activan. Dejé el uniforme, pero sigo estructurada como si formara parte de mi piel. Autómata no veo lo que me mira en su silencio. Luz de escaparates que pasan ante mí. Transeúntes opacos. Coches y bicis. Algún que otro patín despistado. A veces pienso en adquirir uno para desplazarme, pero lo descarto. Caminar es sano. No tengo nada para cenar. Una tisana me bastará. El agua del grifo no hay quien la trague, pero pagarla en botella y cargarla a diario es un gasto que no me puedo permitir. Estoy delgada. Demasiado. Subsisto con lo que nos dan de rancho en el trabajo. El día libre poco puedo adquirir. La calle se llena de olores insanos. El calor del asfalto. Hoy debió ser uno de esos días sofocantes. Las fachadas escupen fuego apagado. Tiempo atrás regaban las calles. Volver caminando era agradable.
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