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Alba

 Alba

Tengo que saber. Averiguaré. Nunca antes me preocupé por nada. Mera supervivencia y hacer lo que los protocolos exigen, pero con ella no puedo estar como estaba. De momento haré como si nada. Que no se den cuenta de que la he reconocido. Si me preguntan, que lo harán tengo que estar preparada. Abajo no di problemas. Debo evitar sospechas. Si tengo suerte no nos relacionarán. Entonces nadie se daba cuenta. Aunque quien sabe. Éramos tan niñas que igual no fuimos capaces de disimular y dejaron constancia. Si fuera así no creo que me hubieran asignado ese piso. Menos aún su habitación. No sé si sale como yo. Lo averiguaré. Esperaré. No puedo lanzarme. Ya me estoy adaptando. En esa sección no suelo cruzarme con nadie. Salvo ese día. Aunque pienso haber salido airosa, porque él ni me miró, bastante tenía con llevar a cabo su cometido. Si es de tiempo en la sexta dudo que se vaya con chismes, sabiendo cómo se las gastan. Menos sin saber cómo se me valora. No somos muchas en esta planta. En general son hombres, porque nuestros cuerpos deben ser menudos y ambiguos. Un aspecto que hasta ahora no había encontrado en el segundo sótano, porque sólo me comunicaba con las que hacían tareas de limpieza y producción. Los que me entregaban el material que debía seleccionar, en general corpulentos tenían máscara y no miraban de frente. Eran los carniceros. No sé de qué, porque a mí me entregaban garrafas de sangre ya tratadas con un anticoagulante. Yo la recogía antes de pasar por uniforme y maquillaje, embutida en un equipo de protección. Ellos no. Era desagradable. Lo pasaba por alto evadiéndome. Lo mismo hacía cuando vivía en el centro dónde me crié.

Leer abre mi mente. Aquellas lecturas con hojas arrancadas ahora cobran significado. Las emociones reprimidas o no sentidas eran motor en aquel mundo vivido por las personas que escribían esas historias inventadas. Ese era su mundo no el mío. Desde mi perspectiva muchas de esas cosas descritas parecen sueños. De hecho, mis sueños las recrean con M. Siento un impulso tan intenso y doloroso que en mi despertar encuentro rastro en mi cuerpo. No me basta limpiar mi piel como suelo. Debo renunciar al agua que tengo para beber y usarla en mi higiene más íntima. No quiero que observen ningún cambio en mis hábitos y rutinas. Levantaría sospechas y me vigilarían. Todo lo contrario a lo que quiero. Debo maquinar posibles maneras de esquivar e introducirme en su mundo. Espero encontrar datos. Todo está encriptado, pero se me dan bien los acertijos. Mi mente es un mecanismo exacto capaz de desvelar frecuencias distintas y se mueve bien por esos laberintos. Si me llamaran la atención, eludiría la situación dando argumentos de confusión. Soy nueva en la planta y podría argüir que quiero hacer mi cometido a la perfección. También que aún no tengo asimilados mis horarios y rutinas. Ahora entro en el anochecer y salgo en el amanecer. Muchas veces me encuentro con el servicio que sale cuando yo entro. Todos nosotros entramos por el callejón de dos calles antes, esquivando el edificio. Nunca tuve curiosidad por verlo en toda su envergadura. Debo tenerlo en cuenta. Tendré que esquivar muchas barreras. Tengo todo el día, pero no puedo ser reconocida. Tendré que buscar un disfraz. Igual el de mendigo. Con muchas capas de mugre. Conozco bien su aspecto. Están en todas partes y nadie los tiene en cuenta. Tendré que recoger pelo para emplastarme cejas y barba descuidadas. Una maraña con mugre que puedo buscar en los cubos de basuras cuando deposito la mía. Las ropas y calzados las encontraré dónde ellos buscan. En las noches observaré. Ahora puedo ver las calles desde los ventanales, cuando espero entre servicios. La prisa es mala consejera. Lo cogeré con calma.

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