Eran jóvenes raptadas. Elegidas. Escogidas entre lo mejor. Se hacía un estudio sobre chequeos de salud y resultados académicos. Era indiferente su condición social o de origen étnico. No era relevante el color de su piel. Importaba el equilibrio simétrico de sus formas, en rostro y cuerpo.
El rapto estaba organizado. Las familias no conseguían dar con sus hijas desaparecidas. Se hacía propaganda en todos los medios de comunicación y se expandían bulos confusos que propagaban el miedo en la población. Cuando esas jóvenes eran recuperadas no eran capaces de dar ninguna información al respecto. Solían hacerlo tras año más o menos. Habían engendrado y dado al mundo su producción. Durante ese tiempo fueron sometidas a influencias desconocidas, porque en su regreso sólo reconocían un periodo de antes como si fuera ayer de ese día en que habían sido perdidas.
Aquello era como una abducción. Sus familias agradecían su regreso. Las revisiones médicas y psicometrías no daban los resultados reales. Seguían indemnes. Nadie sospecharía. En sus cuerpos no había señales para ojos inexpertos.
Sólo sus sueños. En ellos la mente ordenaba aquello que en la memoria consciente no estaba. Eso inquietaba sus noches. Sus próximos entendían que eso pasara y aceptaban una terapia disimulada. En su desayuno, sin que ellas supieran, les incluían aquello que continuaba con su silencio. Según fuera el caso, iba añadido en uno u otro alimento. Cuando más mayores hubieran salido de ese control, si de alguna forma escapaban a su vigilancia, eran adultas con graves problemas psíquicos, con síntomas de esquizofrenia. Alguna llegaba a la consulta de psiquiatría. En su caso, advertidos buscaban sus datos. La terapia reconstruía un equilibrio insano.
Tampoco sabían que su útero ya no respondería. Habían sido modificadas en aquellos partos.
La finalidad era hacer una selección orientada a construir un futuro en que parte de la población estuviera al servicio de un sistema no informado ni conocido.
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