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M y yo

 Narrando de nuevo

M y yo


Ando cansada. No puedo pensar. Mis piernas me llevan. Las siento tensas. Todo el día de aquí para allá. Autómata. El día se fue. No lo vi. Entré al trabajo casi sin tantear el amanecer. No tengo ganas de nada. Me ducharé y encenderé la computadora. Buscaré en ella ese canal que vomita anuncios entre secuencias. Ni caminar me alivia. La gente inexpresiva vuelve o va. Los turnos de noche se activan. Dejé el uniforme, pero sigo estructurada como si formara parte de mi piel. Autómata no veo lo que me mira en su silencio. Luz de escaparates que pasan ante mí. Transeúntes opacos. Coches y bicis. Algún que otro patín despistado. A veces pienso en adquirir uno para desplazarme, pero lo descarto. Caminar es sano. No tengo nada para cenar. Una tisana me bastará. El agua del grifo no hay quien la trague, pero pagarla en botella y cargarla a diario es un gasto que no me puedo permitir. Estoy delgada. Demasiado. Subsisto con lo que nos dan de rancho en el trabajo. El día libre poco puedo adquirir. La calle se llena de olores insanos. El calor del asfalto. Hoy debió ser uno de esos días sofocantes. Las fachadas escupen fuego apagado. Tiempo atrás regaban las calles. Volver caminando era agradable.



Tengo el día libre. Tanto si quiero como sino. Lo llevo mal porque no me pasan el sueldo hasta mañana. Yo cobro el veinte. Nos pagan en días distintos. Lo hacen para incentivar el consumo. Difícil. Toca andarse con cuidado, porque de un día para otro hay cosas que desaparecen de las estanterías, y cuando vuelven valen el doble. No sé cómo se lo hace la gente que tiene alguien a su cargo. Yo no tengo ascendencia ni descendencia. Me crié en un lugar al que no volvería nunca. Parece ser que me abandonaron y alguien oyó mi llanto. En realidad no lo sé. Son fabulaciones mías. Igual no. Puede ser que algún cuidador me lo dijera.

Cuando cumplí dieciséis me dieron un dinero y una bolsa de básicos. Ya tenía trabajo. Había empezado dos años antes. En el mismo de ahora. En ese tiempo estaba tutelada. Era un aprendizaje. Me gusta lo que hago. No me amargo. Siempre estoy sola. No tengo más comunicación que la estricta de saludar cuando entro y cuando salgo, dejando mi firma sobre una pantalla que lee mi mano.

Vivo en menos de veinte metros, con una única ventana que está a un metro de un muro tan alto que no alcanzo a ver un cielo estrellado.

No tengo miedo. Sería imposible que nadie trepara al onceavo piso de mi humilde morada. Mi espacio es como la celda del internado de acogida en el que estuve esos dos años.

Mi edifico es un enjambre. No nos reconoceríamos en la calle. Subo por un montacargas que cuando vuelvo no está al servicio de su función. Es tétrico. Oscuro y sin espejo, pero la ventaja es que no está solicitado a esas horas. Momento en que las familias se encuentran. No me gusta coincidir con nadie. Es desagradable compartir un exiguo espacio. Tampoco sabría qué decir. No tengo habilidades sociales. Nadie me trató en proximidad. Sólo aquel que me quiso forzar y me dejó porque no actué ni reaccioné. Dijo que le había desmotivado. Supongo que corrió la voz y nadie más lo intentó. Yo tenía diez años. Lo miré con los ojos abiertos e inexpresivos. Me dio un puñetazo y me dejó el ojo derecho morado. Hinchado al principio fue cambiando. Nadie preguntó qué me había pasado. Lo hubiera callado. Nada cambiaría señalarlo. Sabíamos que debíamos ser discretos, que los otros no eran nosotros. Tengo que ser sincera, sí que hubo alguien. M era otra de los míos. Ella y yo nos abrazábamos y llorábamos juntas. Nunca hablamos. Sólo nos buscábamos con la mirada, evitando ser espiadas. Ella marchó antes que yo. Era muy guapa. A veces sueño su cuerpo. Cuando marchó estaba preñada. No dijo de quien. Hubiera sido indiferente. No fue la primera ni la última. Éramos carne. Yo me libré porque mi cuerpo no tenía sus formas. Soy poca cosa. Entonces todas llevábamos el pelo muy corto. Decían que por los piojos. También los teníamos. Era una plaga y un martirio. A mí me raparon muchas veces, con saña. Molestaba. No soportaban que no me quejara. ¿Para qué? Pronto aprendí a ser invisible y silenciosa. Esa gente se las gastaba muy mal. Te golpeaban o encerraban sin saber porqué. Como para provocar.

Me acostumbré a sopas de agua y pan. Ahora es un lujo el rancho que me dan.

No saldré a pasear. El sol puede quemar. Tal como estaba el asfalto ayer cuando regresé no espero mejor tiempo para hoy. Eso que aún no estamos en verano. Tampoco me puedo permitir filtros solares. Aguantaré tumbada hasta que oscurezca. Entonces iré a buscar algo para subsistir hasta mañana. La nevera está vacía. Sólo tengo unas botellas de las reutilizables llenas de agua. Las guardo allí. Parece que con el frío ese sabor intragable pierde fuerza. Le añado vinagre cuando la quiero beber sola. Unas gotas. El limón no está a mi alcance. Como estoy sola y nadie me ve, puedo estar desnuda sobre la sábana. En verano me tumbaré en el suelo. Es duro, pero no se calienta como el colchón. Colchón que ya estaba aquí cuando llegué. Con manchas y tejido desgastado y con un muelle que si me descuido se me clava. Ya aprendí a esquivarlo, pero a veces si me muevo da conmigo. Cuando hace calor es difícil no ir cambiando de posición.

No hay ducha. Me lavo por partes, mojando una toalla vieja. El agua escasea. Si me descuidara y usara de más me la podrían cortar. En los años que llevo no me la han quitado nunca, pero por si acaso. Cada año me cobran más. Priorizo tener este lugar. Comer y vestir lo puedo solucionar. Con poco me valgo. No tengo vida social. Lo que menos me dura es el zapato, porque ando para ir y volver del trabajo. Allí, el uniforme lo cubre todo, pero cuando me lo renuevan no me puedo quedar con nada. Si lo hiciera me denunciarían. Lo mismo ocurre con lo que comemos a lo largo del día. A veces me guardaría una parte, pero no puede ser. Los huéspedes dejan pan y otras cosas que podría aprovechar, pero la orden es tirar. Un despilfarro en medio de la necesidad. El otro día cachearon a R. Llevaba unas galletas dentro del bolsillo. Él tiene a sus padres ancianos y un hijo. Le expulsaron. Ahora no sé cómo le puede ir, pero creo que mal.

Hay muchos suicidios. Gente que perdió su trabajo y se quedó sin un techo en el que recogerse. Espero que pasado el plazo de castigo le hayan dado otra oportunidad.

No sé qué le pasó por la cabeza, si estamos vigilados. Hay cámaras por todas partes. No puede ocurrir nada que pueda pasar inadvertido. Dentro y fuera todo se ve.

Dudo que dentro de mí cubículo no me vean también. Por eso, cuando me desnudo no lo hago al completo. 

Sigo rapándome el pelo. Uso una peluca de media melena en el trabajo. Cuando salgo se queda allí. Es parte de la imagen que quieren de mi. Las manos con guantes y mi cara con un ligero maquillaje que me hacen cuando me colocan el pelo negro.

Yo ya tengo canas. Veo los blancos en mi calva. Por la calle voy con visera o boina. Parezco un chaval.



Mis rasgos son anodinos. Nadie se fija en mí. Paso desapercibida. Llevo unos pantalones negros, desgastados, doblados por abajo porque no pude pagar un ajuste, y amplios, sujetos en la cintura con dos vueltas de una cinta verde oscuro atada en nudo simple de corbata. Me enseñaron a hacerlo hace mucho tiempo. Un cinturón con hebilla no está a mi alcance. Tengo otro pantalón, en mejores condiciones, lo pongo cuando hace frío, aunque con los jerséis largos que deshago y rehago cuando clarean por los codos y se les desgasta el cuello aguanto bien. Ahora con el calor una camiseta sin manga y encima una camisa abierta. Tengo un privilegio que no todos tienen, lavan mi ropa en la lavandería sin pasar factura. Cuando ven que me hace falta alguna prenda me dan de las que quedan abandonadas. Aprendí a valerme. Me enseñaron a arreglar mis prendas y a tejer. Era parte de la preparación para mi independencia. Ya se contaba con mi incapacidad para encontrar pareja y mi carencia de vínculos.

En las series he podido ver otras formas de vida en el planeta. No es que lo desconozca, pero no me hace sentir mal esa carencia.

Se decidió hacerme un vaciado. Firme mi consentimiento. Me lo ofrecieron para liberarme de mi carga genética. Dijeron que sería libre y que me ahorraría el sangrado. No me pareció mal. Al fin, mis deseos no apuntan a la crianza. Eso es algo que no quisiera afrontar. No me siento capaz de hacerme responsable ni de un animal.

En invierno me envuelvo en tejidos de lana. Aún así pasó frío. Saqué la idea de un mendigo, me pongo papel de periódico entre las capas. Es muy eficaz. Los periódicos escasean, pero hay los de publicidad que se pueden coger en la entrada del edificio.

No tengo libros. Eso es lo malo. Aprendí a leer y me gusta. El conserje del edifico me dijo que podía ir leyendo los que él iba dejando. Cuando acabo de leer uno se lo devuelvo y él me deja otro. Sus gustos son dispares. Cuando estaba en el centro de acogida disponíamos de una biblioteca. Eran libros viejos. Raídos. Manchados y con hojas perdidas. Restos de ves a saber dónde.

Alguno de los que no pude leer al completo los he podido tener en mis manos de nuevo. Uno de ellos llevado al cine y que he podido ver en el canal libre del edificio. No me puedo permitir tener acceso a él de pago. Como apunté lo veo por la conexión de computador. Uno que estaba aquí y que sigue teniendo funciones suficientes para mí. A veces renquea. Entonces el conserje lo arregla y tira más. Él sabe apañar cualquier cosa. La pena es que pronto se jubilará. Es lo más aproximado a un padre para mí. Él sí que me ve. Dice que estoy en los huesos que me debo cuidar, pero nunca he caído enferma. Aguanto mejor que otros bien alimentados. Debe ser que nací con esa resistencia vital.

Pienso en M. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Me recordará?



Hoy he visto a M. Era ella. Seguro. La reconocería en medio de una multitud. He dejado en la entrada de su habitación, la 657, la bandeja con el pedido. Ella estaba de espaldas. Como no hablo en mis servicios no ha podido saber que era yo.

Me hubiera abalanzado a sus brazos. Un fuego interno me ha atravesado. He salido temblando. Casi he tropezado con G que llevaba otro pedido a la habitación de al lado. Ahora ya sé qué hace. Me duele, pero lo sé. No la había visto antes por aquí. Las que vienen son de alto nivel. El cliente pide y se le ofrece. En lo que he dejado iba la tortura del deseo de él. Así que en esto ha terminado. Ella sigue siendo hermosa. Más si cabe. Yo soy una autómata sin voz ni cuerpo especial. Servicio. Discreta y silenciosa.

A partir de ahora estaré esperando volverla a ver.

Ella no me verá, porque mi función es esa. Llamo con los nudillos y abro, dejando en un mueble en el acceso los artilugios requeridos.

Soy una esclava. Aunque me parezca que controlo mi vida lo soy. Cuando termine mi ciclo productivo perderé lo que tengo. Iré a parar a un refugio. Un hogar para esperar mi final.

Mi cuerpo es propiedad de un sistema que me encontró tirada en la calle y se hizo cargo de mí. De M también. ¿Qué sería de esa criatura que llevaba en su vientre? Igual acabó como ella y yo. En manos del sistema tutelar que no te da nunca la libertad.

Sólo con ella podría hablar, pero es imposible. 

He perdido mi paz.


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