Los invisibles me acogieron. Fui uno de ellos. Era tal mi estado de deshidratación que perdí el sentido. Me desmayé en la calle. Suerte que en ese momento vestía como ellos. De inmediato me sacaron de allí y me llevaron a uno de los muchos canales de conducción de las aguas residuales. No volví a mi apartamento. Llevaba tanto sin recibir aviso que di por hecho que habían prescindido de mí. Todos los supuestos eran aciagos. Ese futuro de final de mi tiempo activo se había esfumado. Nada era previsible. Había pensado que sí.
Esos días descubrí que allí era alguien. Quisieron saber de mí. Me cuidaron. Me alimentaron. Me acompañaron. Aún con desconfianza admití. Había niños, había ancianos, había personas distintas. Era otro mundo. Humano. Sí.
Vieron mi libro entre mis cosas y me animaron a intercambiar. Gracias a ellos pude leer otros. Muchos más.
Muchas veces me acerqué al círculo de los cuentos. Allí hablaban del mundo de antes. De la identidad.
Se entendió el abandono que había sufrido por parte del sistema y repartieron conmigo lo que tenían.
Mi identificación no me permitía conseguir nada de lo comunal. Ellos lo tuvieron en cuenta y respondieron de forma unánime. Sin dudar. Sin discusión.
Nunca antes se me había tratado con ese afecto. Entre las carencias no faltaba calor humano. No sabía qué las personas tenemos tanto que dar y recibir. Allí lo aprendí.
Supieron que lo mío era un disfraz. No lo tomaron mal. Entendieron que intentará sobrevivir.
No me preguntaron, ni les conté. Ya era bastante doloroso para mí saber el engaño de mi vivir.
Curiosamente, ellos se movían en libertad. Nadie les increpaba. Eran dos mundos. El que me abandonó y el que me acogió.
Pude salir más allá de la zona en que anteriormente me movía. Me invitaron a ir con ellos. A ir más allá. Ví el mar. Siguiendo el cauce del río por la noche fui con un grupo. Me dijeron que no estaba lejos, que ir de noche era para no soportar el calor y su olor pestilente. En sus aguas se reflejaba la tibia luz de una luna menguante. Miré a lo lejos la imponente mole del edifico en que creía seguía M. Sentí que la estaba abandonando, pero no por ello dudé. Tenía que hacerme dueña de mi nueva vida, y los guías me abrían un nuevo horizonte.
Llegamos a la desembocadura casi cuando amanecía. Nos refugiamos en sitios ocupados por otros. La red que une invisibles de uno y otro lado es infalible. Siempre están cuando los necesitas, te arropan y cuidan. Ya soy uno de ellos. No saben de mi identidad primera. Por mi aspecto parezco muy joven y no se aprecia mi cuerpo en sus formas por mi delgadez y poca estatura. Les dije que me llamen A, que los dígitos son los de mi identidad perdida y que con mi letra bastará.
No cuestionan nada. Mi pelo ha crecido y han visto mis canas. Con eso ven que no soy lo joven que aparentaba. Colaboro en lo que hace falta. Aprendo enseguida.
El mar me impactó. Acostumbrada a aguas negruzcas su azul me cautivó. Tuvieron que frenarme cuando creí que podía beber. Su sabor salobre me advirtió antes de lo contradictorio. Era hermoso pero intragable.
Supe que su agua no, pero sus productos sí. A recoger mejillones y otros bivalvos, o pescar, aprendí pronto. También a hacer redes con hilos varios, y a arreglarlas. Pronto mis habilidades con el tejido fueron útiles.
En esa zona, a lo lejos se levantaba un muro. En él destacaban algunos edificios. Me dijeron que era una propiedad de uno de los jerarcas del sistema opresor. Que allí no se podía acceder y que los muros impedían ver.
Recordé el bosque que engullía el refugio de mi infancia. Qué bueno estar fuera. Dentro no se me perdía nada. Me sería indiferente. Protegerse con una muralla es vivir en una cárcel.
En mis noches mi ánimo no era tan apacible. Soñaba. Sentía no poder liberar a M. Ella también estaba atrapada, en una cárcel de lujo y brillo.
Qué lejos estaba de intuir lo cerca que de ella estaba. Si hubiera mirado a los ventanales hubiera sabido, pero no tuve interés en orientar hacia allí mi mirada. Esa presencia no sólo me era indiferente, era la réplica de un pasado amargo qué quería dejar atrás.
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