El traslado se hizo en un par de jornadas. La distancia no lo requería, pero sí el despiste. Miriam nunca sabría que el recorrido le había llevado a un par de kilómetros de distancia. El rodeo y cambio de transporte había buscado despistar. No a ella.
Entraron por mar. No sabría nunca que ese castillo tenía mucho que contar. Era lo más exclusivo. A él se accedía por agua, porque las otras vías de acceso estaban cortadas. Por aire llegaban los suministros.
Ya instalada, sus ventanales miraban a un horizonte de amaneceres. Nunca saldría. Esperó instrucciones. Los jardines exteriores le permitían paseos. Desconocía la vida que se movía tras sus altos muros y portalones cerrados. Los únicos sonidos que percibía no auguraban movimientos. Sólo las aves iban y venían.
El castillo estaba acompañado por otras instalaciones. Desde los caminos empedrados por los que paseaba veía cómo se alzaban en distintos niveles. Pudo contar varios edificios, recordando los pabellones de su infancia.
Sólo trataba con servicio. Comía con el mismo. Por lo visto él había hecho mudanza. Le escuchaba y asentía. Seguía la misma pauta. No podía verle, pero su voz era la misma.
Aunque trasladaron sus cosas, no tenía clientes. Su vida se reducía a ese encuentro diario. No reclamaba ni pedía. No sabía. Pensaba que en algún momento requerirían sus servicios. Eso no ocurría. Pasaron días, pasaron meses. Su vida era ser compañía.
Alba no pudo saberlo. Ni siquiera que habían trasladado a su amiga. Por ello, seguía intentando encontrar una forma de llegar a ella. El día en que una entraba y otra salía, sin verse, a Alba le dieron libre, porque ya no seguiría en la sexta. Las actividades de esa planta se cancelaban, pero a ella, evidentemente, no se le informaba. Tenía que esperar un comunicado para incorporarse a su nueva tarea. Nada más se le hizo saber. Nunca antes había pasado tantos días sin actividad. Temió lo peor. Igualmente salía de casa, haciendo ver que iba a su trabajo. Leyó y releyó su libro. Casi lo aprendió. Andaba en círculo, evitando repetirse en su ruta. Al mediodía iba al merendero. Desde su punto de mira el edifico no daba señal alguna. Las cortinas corridas en los ventanales de la sexta no le daban señal alguna. En los momentos que se introducía en su disfraz y creía podía ver a Miriam subir al coche que la solía recoger, decepcionada no la veía nunca. Supuso que aquella rutina ya no se daba y le era difícil suponer otra. Frustrada esperaba que le llamaran y asignaran sus funciones. Sus recursos eran escasos. No trabajaba, no le pagaban. No sabía a qué atenerse. Si no hubiera tenido la esperanza de encontrarse algún día con la que había sido su amiga, seguramente no habría dudado.
Una más para la orilla. Esto no puede durar. Nadie se acuerda de mí. Nunca antes me han orillado. ¿Será que mi desliz se ha desvelado? No me cuesta morir. Vivir así no es vivir. Antes de encontrarla no me lo planteaba. Dejaba fluir. Ahora no puedo. He perdido mi paz. Siento mi debilidad. Pagado el apartamento por este mes no me queda casi nada. Para comer a diario no tengo. Aún sigo en activo. Mis papeles lo indican. Así no puedo ir a comedores ni ponerme en lista.
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