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Segundo acto I

  Nos buscaban. Inevitable encontrar nuestro sitio. Suerte que no estábamos allí cuando llegaron. Habíamos ido a la orilla de los desguaces, a buscar cualquier cosa que nos pudiera ser útil. Prevenidas desde que llegaron señales adversas, comunicadas entre invisibles, escuchadas sin ser vistas. Teníamos recursos escondidos en distintos puntos. Reservas, pero no suficientes. Tocaba empezar de nuevo. Nos incorporamos a uno de los grupos que salía, no sin antes disfrazar en lo posible nuestra apariencia, tiznando nuestra piel por toda su superficie, enganchando restos con resina y cambiando su aspecto, simulando escaras y señales. Caminábamos entre los demás mimetizando su ritmo. Sería difícil salir, pero no perdimos confianza. Lo íbamos a conseguir. Ya no había otra opción. Nada seria seguro.  Habíamos disfrutado de un paréntesis vital. Queríamos vivir. Entonces más que nunca. Nuestras vidas compartidas. La compañía que nos dábamos una a otra había propiciado un futuro deseado....
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M y A

 M y A El mundo estaba al margen.  Cuando escuché caer un cuerpo al agua, de inmediato me lancé a su encuentro. Me guié por ese sonido que no me hizo temer, ni dudar. Esa noche había escasa claridad. La luna estaba en ese punto de mínima curva. Las estrellas eran mi mapa. Alcance ese cuerpo cuando se hundía. La llevé a la orilla de la costa. Mi isla estaba más lejos. De inmediato, cuando llegamos, supe que era ella. No necesité verla. Su olor y tacto son inconfundibles para mí. Inconsciente quedó tendida. Nadie podía darse cuenta. Estábamos del otro lado de la edificación amurallada, a pocos metros de su embarcadero. La dejé allí y me oculté. Temía ser descubierta. Temía por ella, pero hubiera sido más complicado protegerla si me quedaba a su lado. Cuando recuperó el sentido le hice señas tras silbar con suavidad aquel sonido que en nuestros años de encierro infantil nos había servido para comunicarnos cuando todas dormían. Perpleja, no dio crédito a lo que escuchaba. Me lo di...

Refugio

  Un cuerpo y una mente, resultados de un proceso selectivo. Un lugar de cultivo. Errores o éxitos. El error en ella no fue reconocido. Hubieran sacado beneficio si con el éxito de supervivencia se hubieran replicado sus genes, pero ese cuerpo de hembra era estéril. No interesaba hacer el proceso fuera de útero materno. No en ese proyecto. El desarrollo de intercambio daba buenos resultados. La mente se moldeaba en los primeros años. La de Alba fue siempre opaca. Seguía rutinas y aceptaba sin queja. Su mirada, cuando se encontraban con sus ojos no expresaba emociones. Ni buenas ni malas. Ella había aprendido a esquivar las interacciones visuales. Eso no cambiaría. Era su esencia. Sabía que sólo tenía la tenacidad en sus actos. Que ganaba confianza o rechazo por ellos.  Allí, en la orilla que bañaba el sol naciente, se sentía bien. Primero ese fuego entre las piedras que lo protegerían del aire. Había métodos que ella conocía. Tener a su cargo esa tarea le satisfacía. El campam...

Alba V

  Ser invisible me hace bien. Es una sensación nueva para mí. Me siento útil. Enseño lo que sé y comparto. Recibo más que doy. El calor humano es nuevo para mí. Me han dicho que puedo permanecer en la desembocadura. Que es más seguro, porque he vivido expuesta en mi tiempo de actividad. Aquí estoy bien. Formo parte del sector fijo. Uno en cada punto. Llevo unos años. Me adentro en el mar. Lo conozco. Me sumerjo. Siempre temprano. Antes de que la luz del nuevo día despierte a los demás. No me acerco a los embarcaderos del señorío, aunque me pica la curiosidad. Desde la distancia veo iluminación interior y exterior. Eso es bueno, porque desde allí es más difícil detectar mis movimientos en la sombra. Supongo que nuestro campamento es de su conocimiento, pero como en otros sitios nos ignoran. Somos los desechos de su mundo. Lugar del que me creí miembro. Yo misma había desdeñado la presencia de cualquier invisible en mi camino, cuando iba de mi apartamento al trabajo o al revés. Parec...

Invisibles

  Los invisibles habían conseguido expandirse por el planeta. El sistema no los tenía en cuenta. Eran grupos organizados y bien comunicados. Habían recuperado esas formas del pasado en que una mano alcanza otra y lleva el mensaje de un extremo a otro sin ser interferido en ningún lado. La memoria y la simplicidad eran imprescindibles. No debía perder su sentido. Pocas palabras en clave. Un sistema nemotécnico en que cada letra extraída de un cántico sería la clave. No llevaban escritos. Si era necesario, por la complejidad del mensaje los escribían en su piel. Para el mundo eran apestados. Temían ser como ellos. Creían que la desgracia les había llevado a esa situación. En ese tiempo su presencia era inevitable. No pedían nada a nadie. Se dirigían a los centros en que un alimento básico se daba a quien estaba identificado como tal. Allí se solían encontrar. Las personas ocupadas de la distribución de esos básicos eran como ellos.  A una hora determinada, los primeros que llega...

Invisibles (segunda parte)

  Los invisibles me acogieron. Fui uno de ellos. Era tal mi estado de deshidratación que perdí el sentido. Me desmayé en la calle. Suerte que en ese momento vestía como ellos. De inmediato me sacaron de allí y me llevaron a uno de los muchos canales de conducción de las aguas residuales. No volví a mi apartamento. Llevaba tanto sin recibir aviso que di por hecho que habían prescindido de mí. Todos los supuestos eran aciagos. Ese futuro de final de mi tiempo activo se había esfumado. Nada era previsible. Había pensado que sí. Esos días descubrí que allí era alguien. Quisieron saber de mí. Me cuidaron. Me alimentaron. Me acompañaron. Aún con desconfianza admití. Había niños, había ancianos, había personas distintas. Era otro mundo. Humano. Sí. Vieron mi libro entre mis cosas y me animaron a intercambiar. Gracias a ellos pude leer otros. Muchos más. Muchas veces me acerqué al círculo de los cuentos. Allí hablaban del mundo de antes. De la identidad. Se entendió el abandono que había s...

Cambios

  El traslado se hizo en un par de jornadas. La distancia no lo requería, pero sí el despiste. Miriam nunca sabría que el recorrido le había llevado a un par de kilómetros de distancia. El rodeo y cambio de transporte había buscado despistar. No a ella. Entraron por mar. No sabría nunca que ese castillo tenía mucho que contar. Era lo más exclusivo. A él se accedía por agua, porque las otras vías de acceso estaban cortadas. Por aire llegaban los suministros. Ya instalada, sus ventanales miraban a un horizonte de amaneceres. Nunca saldría. Esperó instrucciones. Los jardines exteriores le permitían paseos. Desconocía la vida que se movía tras sus altos muros y portalones cerrados. Los únicos sonidos que percibía no auguraban movimientos. Sólo las aves iban y venían.  El castillo estaba acompañado por otras instalaciones. Desde los caminos empedrados por los que paseaba veía cómo se alzaban en distintos niveles. Pudo contar varios edificios, recordando los pabellones de su infanci...