Miriam
Miriam tuvo una vida dura. Cuando la sacaron de la comuna residencial su embarazo era visible. A ella y otras les obligaban a renunciar. No le costó hacerlo. Sus emociones habían sido sometidas a controles muy precisos. Era un entrenamiento con su finalidad. La de ubicarla en su destino. Tras el parto, estuvo atendida con esmero. Su belleza era lo que iban a explotar. Era muy joven. No le quedaron deformaciones en caderas y pechos. Mimaron su cuerpo y la tuvieron en adiestramiento. En ese periodo estudiaron su carácter poniéndolo a prueba. No era sumisa, aunque no cuestionaba las normas. La aleccionaron para ese papel que cumplía. No siempre estuvo en la 657. A ella también le habían hecho cambiar. En su caso de ciudad. Se había ganado una reputación de excelencia. Con sus cuarenta no necesitaba aprender. Tenía carácter y gancho para someter. Intuía qué debía hacer. Ese era su potencial. La habían adquirido en una subasta. Había salido con precio muy alto y sido adjudicada por mucho más. La puja duró horas. Al final, los dos pujadores que no estaban presentes, y ella tampoco, se lo jugaron a cara o cruz. Habían tentado repartírsela, pero las normas del negocio no lo contemplaba. Una pieza tan valiosa debía tratarse con sumo cuidado.
Miriam desconocía ese mercado. En la otra ciudad pudo salir en sus tiempos. En ésta se le ofreció ser acompañada porque corría peligro. El entorno no era seguro para alguien como ella. Había rumores de que había raptos de depuración de la moral.No todo se podía controlar.
El edificio estaba blindado. Ni piedras ni balas podrían dañarlo, pero en la calle no le podían garantizar indemnidad.
En realidad temían que otro clan la tomara para su beneficio, aunque no le hubiera sido fácil porque era difícil mantener oculto algo así.
Sus clientes, mujeres u hombres, eran intocables. No se prestarían a ir a otro lugar.
Miriam no desconfiaba. Entendía que su seguridad era necesaria, pero añoraba aquellos días de libertad. En ese encierro poco le apetecía salir, pero entre sus obligaciones estaba la de comer a diario con el que la había adquirido. Sin verlo, porque entre ellos había una pantalla opaca cuando en la mesa estaba frente a él. Cuando llegaba la acomodaban y esperaba que su acompañante estuviera del otro lado para empezar. La charla era amena y banal. Ella solía escuchar y asentir. Respondía cuando así lo requería. Nunca hubo entre ellos otro contacto. Él la veía, ella no.
No poder pasear libremente por las calles de una ciudad que desconocía era su frustración. Le quedaba mirar desde su ventana. La de sus aposentos, no la del espacio de trabajo. Veía un mundo en movimiento.
Alba equivocaba su orientación. Del lado que miraba al edificio veía los ventanales del sitio donde ella dejaba los pedidos especiales.
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