Los invisibles habían conseguido expandirse por el planeta. El sistema no los tenía en cuenta. Eran grupos organizados y bien comunicados. Habían recuperado esas formas del pasado en que una mano alcanza otra y lleva el mensaje de un extremo a otro sin ser interferido en ningún lado. La memoria y la simplicidad eran imprescindibles. No debía perder su sentido. Pocas palabras en clave. Un sistema nemotécnico en que cada letra extraída de un cántico sería la clave. No llevaban escritos. Si era necesario, por la complejidad del mensaje los escribían en su piel. Para el mundo eran apestados. Temían ser como ellos. Creían que la desgracia les había llevado a esa situación. En ese tiempo su presencia era inevitable. No pedían nada a nadie. Se dirigían a los centros en que un alimento básico se daba a quien estaba identificado como tal. Allí se solían encontrar. Las personas ocupadas de la distribución de esos básicos eran como ellos.
A una hora determinada, los primeros que llegaban se colocaban tras un espacio franqueado por una gran mesa alargada, donde había distribuido lo que se repartiría ese día.
Conforme iban llegando los siguientes iban cogiendo cada uno un paquete. En el momento que se terminaba se dejaba el espacio libre. A los que habían hecho el reparto, que eran doce, se les había reservado lo mismo. Ni más ni menos. Una mano anónima, una vez se cerraba, les acercaba un mismo paquete.
Los invisibles no mendigaban. Iban como mendigos, con todo lo que tenían encima, sin guardarse nada en otro sitio. No disponían de recurso económico alguno. Muchos de ellos habían perdido trabajo y casa. Habían resistido y estaban organizados. Entre ellos se cuidaban.
Aunque la bolsa recibida era individual, se compartía en la propia colonia, donde esperaban aquellos que por sus dificultades no iban a buscar.
Otra característica de estos grupos era su movilidad. No permanecían en un solo lugar. Iban rotando. Se trasladaban más que aquellas personas atadas a obligaciones de trabajo.
Cuando Alba fue socorrida por ellos tuvo que informar sobre la trayectoria vivida. No era fácil ser admitida. Deberíamos decir admitido, porque pensaron que era varón. Ella no lo aclaró. Se limitó a dar una versión breve de sus orígenes y oficios.
El hecho de ver su disfraz no le favoreció. Pensaron que podía ser un espía del sistema. Temieron que de alguna forma habían perdido esa inmunidad conseguida. Esa fue la razón principal que les animó a incluirla en el grupo que se desplazaba a una zona aislada. Allí sería más fácil que se delatara, porque para pasar información estaría en medio de la nada.
Alba no tuvo sospechas al respecto. Nunca supo que había pasado por un proceso en que se valoró su legítima presencia. Tampoco se le dijo nada después de que no se temiera un engaño.
Si no hubiera sido admitida de pleno derecho su vida habría perdido valor.
Suerte para ella, y para ellos también.
Estar en la desembocadura y a la orilla del mar les proporcionaba recursos suficientes para subsistir.
La supuesta vida civilizada se desarrollaba a distancia. Sólo aquel enclave amurallado.
La muralla no miraba hacia dentro. Se abría al mar.
Alba aprendió a nadar. A disfrutar del agua salada sobre su piel. Nunca desnuda, aunque los demás se despojaban de sus pertenencias para introducirse en el mar. Diariamente se sumergía en el agua antes del amanecer. No quería aproximarse a los demás en ese momento, ni que la vieran salir con la ropa pegada a su cuerpo. Se ofrecía a vigilar mientras estuvieran los demás. A ella le era fácil despertar temprano. También se ocupaba de encender ese fuego matinal que se mantendría hasta bien avanzado el día. No miraba sus cuerpos. No hacía aquello que le incomodaba. No soportaba la mirada. Esquiva, hablaba lo justo. Llevaba consigo un entrenamiento que le distanciaba del contacto humano.
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