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Refugio

 


Un cuerpo y una mente, resultados de un proceso selectivo. Un lugar de cultivo. Errores o éxitos. El error en ella no fue reconocido. Hubieran sacado beneficio si con el éxito de supervivencia se hubieran replicado sus genes, pero ese cuerpo de hembra era estéril. No interesaba hacer el proceso fuera de útero materno. No en ese proyecto. El desarrollo de intercambio daba buenos resultados. La mente se moldeaba en los primeros años. La de Alba fue siempre opaca. Seguía rutinas y aceptaba sin queja. Su mirada, cuando se encontraban con sus ojos no expresaba emociones. Ni buenas ni malas. Ella había aprendido a esquivar las interacciones visuales. Eso no cambiaría. Era su esencia. Sabía que sólo tenía la tenacidad en sus actos. Que ganaba confianza o rechazo por ellos. 

Allí, en la orilla que bañaba el sol naciente, se sentía bien. Primero ese fuego entre las piedras que lo protegerían del aire. Había métodos que ella conocía. Tener a su cargo esa tarea le satisfacía.

El campamento se recogía mimetizando el paisaje. A unos metros de la desembocadura de esa podredumbre sangrante de un mundo fallido, se asentaba la vida. A veces llegaban cuerpos. Ese fracaso quedaba a espaldas de un sistema que orillaba. Dejaban que siguieran su cauce. El mar los asimilaba. No eran muchos, porque algunos quedaban en las orillas. La muerte otra no cobraba sentido. Era parte de un proceso en el que los valores habían ido perdiendo sentido. 

A ella, como a los demás, le faltaban referentes. No se ubicaban. Desconocían si sus límites eran extensibles a toda la humanidad. No había fuentes fidedignas. Muchas murallas cortaban el paso. Sus ojos rasgados no eran como los de los demás. Su piel no soportaba el sol. Demasiado blanca. Los días que estuvo sin sus pertenencias evitó exponerse. El clima era inconstante. En un mismo día podía cambiar. Se cubría. No quería probar el efecto sobre su piel. Tampoco que vieran sus marcas. En el hombro izquierdo le habían tatuado esa A y los dígitos de su identidad.

Fue acertado por parte del colectivo permitirle permanecer en ese punto. La buscaban. Si hubiera ido de un lugar a otro, como se solía, habría sido localizada y quedado expuestos.

Alba ganaba en capacidad de inmersión y destreza natatoria. Alcanzaba a nado un islote deshabitado. Allí fue llevando algunas pertenencias. Había aprendido a mimetizarse y le fue fácil ocultarlas a posibles miradas desde el aire. Aunque no parecía posible, porque la única posibilidad habría sido la de los artefactos que llegaban con su carga al interior de la zona amurallada. Lo hacían desde una ruta aérea que no sobrevolaba el mar.

Allí ella podía ver desde la distancia parte de la costa, y planificar otros movimientos. No compartió sus logros. Al no convivir siempre con las mismas personas podía hacerlo sin que nadie sospechara de sus movimientos. 

Hubiera hecho de esa isla su morada, pero no disponía de recursos suficientes para hacerlo. Adelantaba su baño para poder estar allí. Cada vez permanecía más tiempo, porque iba acumulando recursos básicos. Era la considerada persona especial, de carácter particular, y no se extrañaban cuando se alejaba del grupo una vez terminaba sus tareas colaborativas.

Día a día fue cavando su refugio.

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