M y A
El mundo estaba al margen.
Cuando escuché caer un cuerpo al agua, de inmediato me lancé a su encuentro. Me guié por ese sonido que no me hizo temer, ni dudar. Esa noche había escasa claridad. La luna estaba en ese punto de mínima curva. Las estrellas eran mi mapa.
Alcance ese cuerpo cuando se hundía.
La llevé a la orilla de la costa. Mi isla estaba más lejos.
De inmediato, cuando llegamos, supe que era ella. No necesité verla. Su olor y tacto son inconfundibles para mí.
Inconsciente quedó tendida.
Nadie podía darse cuenta. Estábamos del otro lado de la edificación amurallada, a pocos metros de su embarcadero. La dejé allí y me oculté. Temía ser descubierta. Temía por ella, pero hubiera sido más complicado protegerla si me quedaba a su lado. Cuando recuperó el sentido le hice señas tras silbar con suavidad aquel sonido que en nuestros años de encierro infantil nos había servido para comunicarnos cuando todas dormían.
Perpleja, no dio crédito a lo que escuchaba. Me lo dijo más tarde. Creyó estar en ese instante previo a morir ahogada. Cuando comprobó que se repetía prestó atención y vino a mi lado. Me abrazó. Pasó su mano por mi cara. No acababa de creer mi presencia. Yo tampoco. En la acción del rescate del agua no había tenido tiempo de asimilarlo. Hablamos casi en un susurro.
Ella quería morir. ¿Por qué? No me lo supo decir. Con el tiempo he dejado de lado esa pregunta. Vivimos en mi isla.
Nuestras naturalezas son producto de una selección especial. Aunque nuestros cabellos sean blancos, nuestra piel no pierde su tersura ni nuestros huesos y músculos su fortaleza.
Nos planteamos hacer trayectos más largos.
Aprovecho los días de relevo de los grupos del campamento de los invisibles para reponer nuestras existencias.
Tampoco hablamos mucho de lo vivido. Yo no le cuento nada, y ella tampoco. No fue vida. Éramos servicio.
A veces escucho a los invisibles y pienso que nada nos une, que son un recurso más.
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