Ser invisible me hace bien. Es una sensación nueva para mí. Me siento útil. Enseño lo que sé y comparto. Recibo más que doy. El calor humano es nuevo para mí. Me han dicho que puedo permanecer en la desembocadura. Que es más seguro, porque he vivido expuesta en mi tiempo de actividad. Aquí estoy bien. Formo parte del sector fijo. Uno en cada punto. Llevo unos años. Me adentro en el mar. Lo conozco. Me sumerjo. Siempre temprano. Antes de que la luz del nuevo día despierte a los demás. No me acerco a los embarcaderos del señorío, aunque me pica la curiosidad. Desde la distancia veo iluminación interior y exterior. Eso es bueno, porque desde allí es más difícil detectar mis movimientos en la sombra. Supongo que nuestro campamento es de su conocimiento, pero como en otros sitios nos ignoran. Somos los desechos de su mundo. Lugar del que me creí miembro. Yo misma había desdeñado la presencia de cualquier invisible en mi camino, cuando iba de mi apartamento al trabajo o al revés.
Parecerá extraño, pero me hicieron llegar mis cosas. Por lo visto, cuando desalojaron mi apartamento, convencidos de que no volvería, o por falta de pago, tiraron mis cosas, como que se suele hacer cuando alguien no da señales de vida. Me sorprendió que me las hicieran llegar. Todas mis pertenencias tenían mi A y número de identificación. Me alegró poder afeitar mi cabeza. Otras cosas las añadí a todo lo que se comparte. Mis tejidos iban dentro de unos sacos de papel. El plástico no se usa. Dejó de producirse no se sabe cuándo y es un producto que por escaso sólo está al alcance de pocos. Sé de su existencia por folletos antiguos que he podido encontrar dentro de algún libro. También llegaron algunos libros de los que mi conserje me fue dejando. Espero que él esté bien. Imagino que lo habrán llevado a un lugar que a mí también me habría tocado. En realidad no sé nada de esos lugares destinados a las personas ancianas. Entre nosotros, los invisibles, los ancianos son parte de la comuna. Ninguno llega hasta aquí. No sé si a mí me mantendrán en esta ubicación o me trasladarán a otra cuando no me valga. De momento no pienso mucho en eso. Me siento ágil y útil. Nunca he sufrido ni de un mal de muelas. Me comentaron que no era común tener un sistema al que no le afectara ninguna infección. Suerte la mía. Igual es para compensar. Aún piensan que no soy mujer, porque extrañamente mi pecho es casi inexistente y nunca sufrí el sangrado propio de las demás. Mi cuerpo no debió madurar. Me consideran imberbe. Hasta que llegaron mis cosas mi cabello se presentó con amplias zonas canosas y rizado. Desconocía que fuera así, porque siempre lo rasuré. Estoy tan ocupada durante el día, que apenas pienso en M. ¿Qué habrá sido de ella? Me gustaría saberlo. Ya se le debe notar la edad. No sé a qué la pueden destinar. Dudo que siga con la misma actividad. Allí nadie es imprescindible. También me pregunto sobre mi desalojo. No había ningún comunicado oficial entre mis cosas. Sólo la carta de descubierto en que el banco me comunicaba que por falta de ingresos se cerraba mi cuenta. Ni siquiera daban datos sobre si había o no algo. Cuando una cuenta deja de recibir ingresos ese es el procedimiento. No importa si se ha acumulado poco o mucho. Se quedan con lo que pueda haber. Tampoco me preocupa. ¿Qué iba a hacer yo con un dinero que no necesito? Aquí nos valemos. Tenemos las manos que mueven la vida. El mar nos da algas y otros productos. Sembramos y recogemos. Hay intercambios. No pasamos hambre. En nuestro caso no necesitamos ir a los centros de distribución. Estamos fuera de su influencia. Nos llegan objetos que tiran y los transformamos. Tenemos herramientas. Tenemos materiales. Entre unos y otros sacamos provecho de todo lo que está a nuestro alcance.
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